{Tiempo de Cuarentena}

Ayer después de que Olivia lloró porque no va a poder festejar su cumpleaños con amigas, y que Bautista lloró porque "no sabía por qué", y yo lloré porque ellos lloraban (y porque quería llorar), y mi marido lloró (para adentro) porque fue el cumpleaños de mi suegro y no pudimos verlo, quedamos todos más livianos. El aire en casa se renovó. Largamos lo que teníamos atravesado. Y me acordé de este fragmento de la película #Intensamente.

Alegría busca que Bing Bong no llore, por algo que lo tenía triste. Le dice que "todo va a estar bien" y que hay que seguir. Pero él no puede. Hasta que Tristeza se sienta a su lado, lo escucha, y le permite "drenar" la angustia. Sólo ahí, el viaje puede continuar. Entonces, Alegría descubre por primera vez, que así como es importante reir, bailar, y cantar, también es fundamental darle lugar a la tristeza. Poder DECIR.


Porque como puse en un texto que escribí hace un tiempo, a las palabras que no decimos, no se las lleva el viento. Nos calan hondo. Y dejan huella. Porque decir libera. Descomprime. Acomoda. Decir es como levantarle la tapa a una olla a presión. Deja salir. ¿Cuánto pesa lo que no decimos? ¿A dónde va lo que nos guardamos, lo que callamos, lo que no podemos (sabemos) decir? Sí. A veces debemos aprender a decir. No siempre es fácil. Tal vez decir sea un arte. Una virtud. Una forma de sanar (otra de tantas).

En estos días en donde aprendemos recetas on line, meditaciones, figuras de origami, clases de gym, y técnicas para dibujar, a lo mejor sea momento -también- de aprender a decir ❤️

Qué bien hace.
#YoMeQuedoEnCasa