Hace dos meses me sacaron un melanoma maligno del brazo, cáncer de piel. A partir de ese día, mi vida quedó entre paréntesis, como "en pausa". Empezaron las consultas médicas, los prequirúrgicos, y el jueves 1 de Junio, la segunda cirugía. Me volvieron a abrir la zona para "ampliar márgenes" y quedarnos tranquilos de que no hubiese más células cancerígenas. Pero además, me extirparon tres ganglios de la axila (estudio del Ganglio Centinela), para asegurarnos de que el tumor no hubiera hecho metástasis.

Hoy el alma me volvió al cuerpo cuando supe que los ganglios están bien, y que el área donde estuvo el melanoma quedó "limpia". Es como si de a poco volviera a ser yo. Y cuando miro mis cicatrices (suman casi 40 puntos en mi brazo derecho), lejos de pensar en cómo las voy a borrar, siento que son el tatuaje que me recuerda que el amor sana. Porque si de algo me llené en estos días, fue de amor: de mi marido, mis hijos, mi mamá, mis hermanos, mi familia, mis suegros, amigos, mis compañeras-amigas de trabajo, mis vecinos, mis conocidos, mis seguidores del blog. Todos me salvaron, física y emocionalmente. Porque fueron días difíciles, duros, llenos de emociones encontradas, de pensamientos que no podía soltar.

Dudé mucho acerca de si contar o no todo esto. Pero creo que desde mi lugar, puedo sumar un pequeño aporte para tomar conciencia acerca de los chequeos anuales de piel: busquen un dermatólogo, y pidan que los revisen de cabeza a pies. Porque es el diagnóstico a tiempo, el que hace la diferencia.

Mi hijo me salvó

Yo hice ver mi lunar de casualidad. En realidad, fue mi hijo el que me lo marcó. Y eso es lo más milagroso de esta historia.

Bautista tiene un año y ocho meses. Y desde que nació, cada vez que yo lo prendía a la teta o me acostaba con él para dormirlo, me tocaba ese lunar del brazo. Siempre, pero siempre. Acercaba su manito, y no lo soltaba. A partir de ahí es que le empecé a prestar más atención. Y a eso se sumó la mirada de mi marido, que me impulsó a hacer la consulta: estaba más grande, había cambiado de color, con bordes irregulares, y me picaba. Se lo mostré a mi dermatólogo Christian Sánchez Saizar (a quien le estaré eternamente agradecida), y él me sugirió sacarlo.

Sinceramente no se trataba de un lunar tan llamativo. Y con la agenda completa de horarios, hijos, trabajo y demás, nunca era el momento de sacar turno, ver a un cirujano, tomarme el día para la cirugía, y completar el proceso con la búsqueda de los resultados. Pero no sé por qué, en Marzo hice todo. Una bendición. Cuando tuve el diagnóstico, me derivaron directamente a oncología dermatológica, y ahí mi vida entró en otra dimensión. Los melanomas tienen la capacidad de diseminarse, y el mío ya tenía infiltración. Por eso es que la detección temprana puede salvarte la vida.

Hace 15 días exactamente fue la segunda cirugía. Y siento que hoy, con los resultados en la mano, mi alma está en paz. Ya sé que me restan controles de por vida, y al principio cada tres meses. Pero cuando miro a mis hijos, vuelvo a respirar (yo siempre sentí que las madres deberíamos estar exentas de que nos pase cualquier cosa), e inevitablemente todo a mi alrededor va cambiando. Porque de algo estoy segura: de acá no puedo salir siendo la misma, ésto tiene que dejarme un mensaje, una enseñanza, un propósito. Esto tiene que haber servido para algo. Y tal vez ése sea el camino que hoy tenga que andar. El de encontrar el sentido.

En ningún momento sentí bronca. Tampoco pensé "¿Por qué a mí?" (¿Por qué no a mí?). Pero sí pedí con todas mis fuerzas, que esto pasara, y que pudiera mirar mis cicatrices, tranquila, sabiendo que eran la marca de una batalla ganada. Gracias a Dios, es así. Y hoy más que nunca confirmo ese sentimiento tan inmenso que tengo desde que soy mamá: que el deseo mas grande que puedo pedir, es el de tener vida.